Mapamundi

January 6, 2006 by coronelito

December 23, 2005 by coronelito

Los rostros de la religión

December 21, 2005 by coronelito

ANTONIO ELORZA
EL PAÃ?S
El debate sobre el lugar de la religión en la enseñanza ha sido planteado entre nosotros como una cuestión de poder. En una sociedad que se ha visto sometida en el último medio siglo a un intenso proceso de secularización, resulta lógico que la Iglesia concentre sus actuaciones en el objetivo de mantener una fuerte influencia sobre el sistema educativo, tanto por medio del apoyo económico estatal a la enseñanza privada como garantizando la presencia de la religión en los planes de estudio. Poco importa que los eslóganes manejados en ambos casos entren en contradicción, pues la “libertad de elección” esgrimida en el momento de defender una concertación ventajosa con el Estado no resulta aplicada al contenido de la materia religiosa a impartir. Tal y como algunos docentes de religión han podido experimentar a costa propia, la jerarquía eclesiástica impone en este terreno la ortodoxia. No otra cosa cabía esperar de una Iglesia como la española que cuenta con una sólida tradición de búsqueda, y en muchas épocas, de ejercicio de la hegemonía dentro del aparato de Estado (España del Antiguo Régimen), o en relación íntima con el mismo (era franquista). España no formó históricamente parte de la “Europa de los devotos”, fruto de una actuación capilar en el seno de la sociedad y no de la concentración de poderes económicos y de control en la institución eclesiástica. Salvo excepciones, el catolicismo político en España se orientó hacia el integrismo, antes que a una democracia cristiana que nunca llegó a cuajar. Incluso la modernización instrumental arrastró esa carga arcaizante: nuestro don Sturzo fue Josemaría Escrivá. Nada tiene de extraño que, una vez disipada la atmósfera de pluralismo asociada al Concilio Vaticano II, y al calor de la restauración paulina de Ratzinger, regresen las viejas actitudes de intolerancia, sin otro límite que la conciencia de la propia debilidad.

Cualquiera que sea el desenlace del conflicto, lo importante es que su entrada en escena ha venido a impedir la discusión sobre lo que verdaderamente importa: definir el papel de la religión en nuestro sistema de enseñanza, y paralelamente, en nuestras concepciones de la política y de la sociedad. Porque los dioses existen, a pesar de que algunos los califiquemos de “seres de existencia no demostrada”. Existen porque miles de millones de hombres y mujeres hacen de ellos objeto central de su sistema de creencias y, en torno a ese protagonismo imaginado las distintas doctrinas religiosas tejen las redes, a veces auténticas telas de araña, en cuyo interior se mueven individuos y colectividades. El ejemplo más inmediato que viene a la mente es el del islam, que proporciona al musulmán una envoltura satisfactoria y exigente a la vez para encauzar sus comportamientos, sus valores e incluso sus gestos y sus rituales a lo largo de la vida. Pero en mayor o menor medida, esa influencia la ejercen todos los credos religiosos sobre quienes los practican y sobre el conjunto de la sociedad cuando la implantación de la creencia es suficiente.

En una palabra, no es posible entender sociedad alguna sin el conocimiento del factor religioso que actúa dentro de ella. Y otro tanto sucede en el campo de la política. Fue Rousseau en El contrato social quien hizo notar que en el curso de la historia los hombres habían estado gobernados casi siempre por los dioses, y en consecuencia, iban a aceptar con dificultad el hecho de encontrarse bajo el gobierno de otros hombres. De ahí que el avance de las formas democráticas y de la secularización se haya visto acompañado en el mundo contemporáneo por una corriente en sentido inverso, con frecuentes episodios de transferencia de sacralidad, consistente en la aplicación de conceptos y símbolos religiosos al orden político, desde la exaltación de la patria como ente sagrado al culto de masas ofrecido al líder carismático. En el límite, los movimientos y las ideologías totalitarios, como el fascismo o el comunismo, trataron de dar nueva forma desde el Estado al conjunto de la sociedad e intentaron forjar un “hombre nuevo” mediante una vinculación sin límites, una religación, del individuo al líder de tipo duce, führer, gran timonel o comandante, así como al movimiento y a sus símbolos. La religión en sentido tradicional sirvió de patrón para la aparición y el desarrollo en el siglo XX de lo que Raymond Aron llamó “las religiones seculares”, con sus distintas promesas de paraísos sobre la tierra, convertidos luego en otros tantos infiernos “realmente existentes”.

La consecuencia es clara: el estudio del hecho religioso se justifica tanto por la importancia de la religión en sí misma como por las mencionadas proyecciones de las creencias religiosas sobre la vida social y el orden político. El análisis de la teología es relevante en sí mismo y para explicar procesos de diferenciación y conflicto de enormes repercusiones en el curso de la historia, como los que Jean Meyer acaba de estudiar en su minucioso estudio sobre las relaciones entre el catolicismo occidental y la ortodoxia. Del mismo modo, el medio social y cultural incide sobre la religión. El seminario de Tiflis es tan importante para entender a Stalin como el auge capitalista en una sociedad tradicional para dar cuenta de Bin Laden y de los principales portavoces del salafismo islámico. Desde un punto de vista antropológico, sobran los datos a favor de considerar la demanda de religión como un resultado inexorable de la conciencia de precariedad que la realidad impone a los seres humanos. De ahí la interactividad, tantas veces ignorada, entre las formas religiosas y su contexto. Y el hecho citado de que el abandono de la búsqueda del paraíso celestial haya cedido paso a la construcción de paraísos imaginarios a alcanzar sobre la tierra. El inconveniente aquí, caso de la utopía comunista, es que ese paraíso era falsable, se desvanecía o se convertía en un horror al pretender materializarse, a diferencia de lo que ocurre con los diseñados por los credos monoteístas.

La complejidad del fenómeno religioso debiera ser el punto de partida para la enseñanza de la religión. Todo lo contrario de la catequesis en que la misma viene consistiendo, con el docente tratando de ganar la adhesión del alumno a un credo siempre cargado de valores positivos, sea éste el catolicismo, el judaísmo o el islam. Para el enfoque imperante, nada de centrarse en el análisis comparativo de la historia de las religiones, que de modo inevitable haría pedazos la pretensión de ofrecer una verdad absoluta. Llegados a este punto, conviene subrayar que ese espíritu de adoctrinamiento, con la consiguiente aproximación reverencial, en tiempo de crisis como el nuestro, va más allá de la escuela e impregna con excesiva frecuencia los discursos públicos de los líderes religiosos. Ante la evidencia de que la religión puede producir en determinadas situaciones violencia y terror, reaccionan insistiendo en esa bondad intrínseca de su credo propio y de todos los demás en un auténtico “prietas las filas”, con lo cual desautorizan todo intento de indagación sobre cuáles pueden ser los factores que en una doctrina religiosa propician la emergencia del Mal.

Tal es el peligro que acecha a la campaña emprendida para promover la alianza o el diálogo entre las religiones, de momento orientada a convertirse en una sucesión de expresiones de solidaridad corporativa entre dirigentes, escasamente útil, porque no estamos ante una guerra teológica. Nunca falta la inevitable referencia al problema de la desigualdad y de la pobreza, tomando erróneamente al contexto por núcleo del problema. El terrorismo tipo Al Qaeda es “indefinido” (sic), y si existe es por “el sufrimiento y el sentimiento de injusticia” experimentado por los ciudadanos musulmanes, nos contaba en estas páginas la principal portavoz entre nosotros de este enfoque. Cuando la miseria de tantos, y no sólo de los musulmanes, es hoy cuestión de importancia sin duda superior al terrorismo, pero no su causa. De momento, las reseñas de prensa apenas ofrecen espacio para el optimismo. En el reciente encuentro de Bilbao nos encontramos con frases cargadas de buenas intenciones del tipo “necesitamos un mundo de amor” o “no hay un camino para la paz, la paz es el camino”, y a su lado otras tan grandilocuentes como susceptibles de una doble lectura: “No queremos la paz de la seguridad, sino la seguridad de la paz y de la justicia” (Mayor Zaragoza). Frase redonda; lo malo es que la puerta queda así abierta para la explicación del fanatismo como respuesta a la injusticia, cuando frente al terror, la paz de la seguridad debe constituir un fin en sí mismo, y en nada contradice la lucha por la justicia. Bin Laden y los suyos no son precisamente bandidos generosos. Tampoco la vía elegida por Bush lleva a la paz de la seguridad, sino a todo lo contrario.

En definitiva, la huida de los problemas reales desviándose hacia el marco económico y político, así como el rechazo reverencial hacia todo tratamiento crítico de la religión, incluso cuando éste tiene clamorosas consecuencias políticas, viene siendo el leitmotiv de un discurso empeñado en mantener la oscuridad. Pensemos en lo que ha sucedido con la elección de Ahmadineyad como presidente de Irán. Antes aun de los comicios, nuestros islamólogos militantes tranquilizan a lectores y audiencias, aquí y en la radio amiga, llegando a comparar las elecciones iraníes con las norteamericanas, declarando que el avance logrado con Jatamí era “irreversible” (sic) en la política iraní, “dejando de lado las expresiones religiosas más extremas” (sic), para concluir que Europa debe ser comprensiva con el nada peligroso acceso de Irán a la energía nuclear. Hubiera bastado repasar, como algunos hicimos, la ideología del jomeinismo radical, de los guardianes de la revolución desde el 79, para percibir el enorme riesgo que para todos representa un fanático integrista cuyo sueño consiste en impulsar la destrucción de Israel, tras la oportuna invocación del “imán oculto”. Ante el mazazo de sus declaraciones, silencio entre los defensores de ayer y martilleo sobre Irak, donde hasta Al Zarqaui y sus degüellos televisados deben ser obra de la propaganda made in USA. Silencio también, cómo no, sobre la proliferación recién descubierta de focos de islamismo violento en España.

Es curioso: tanto en la enseñanza como en los medios de comunicación social, nadie se esfuerza tanto como los apologistas en impedir el conocimiento de las implicaciones tanto sociales como políticas del hecho religioso. Les basta con insistir en que la religión es siempre amor, olvidando las palabras del bellísimo Dixit Dominus de Haendel: el Señor “sembrará todo de ruinas y aplastará las cabezas en tierra de muchos”.

December 21, 2005 by coronelito

1917

December 19, 2005 by coronelito

El Canon de la Transición Inventada

December 11, 2005 by coronelito

 
 

GREGORIO MOR�N - 

La Vanguardia

No podía ser menos. Primero inventamos el franquismo light, bajo en calorías represivas y casi casi liberal a fuer de impune, autoritario pero conciliador con las familias mafiosas del poder. Lo teorizó el sociólogo J. J. Linz, formado durante el fascismo autóctono, en un texto muy citado y poco leído, que venía a suponer algo así como si el nazismo, puesto en el brete de escoger paternidad, renunciara a la dogmática de Hitler y admitiera las buenas maneras del arquitecto Speer. Precioso, quedó tan precioso que aún se estudia en nuestras universidades por catedráticos que supieron, cuando no gozaron, de aquel otorgador de prebendas académicas en Estados Unidos, padre de la sociología patria tras Gómez Arboleya, don Enrique, el tomista suicida. Viejas historias que echarán lamentablemente fuera de la lectura de este artículo a quienes no tienen el peso en mugre superior a los cincuenta y muchos años.

Recientemente, acuciados por los ardores de estómago tras haber tragado pliegos de descargo monumentales que dejaron al personal confuso, se inventó una categoría en forma de oxímoron, algo así como “el soleado cielo nocturno” o “las largas piernas de la coja enana”. La llamaron “Resistencia Silenciosa”, así lo escribo, con mayúscula, porque se trata de una novedad intelectual divertidísima no asequible para gentes del común sin licenciatura y ha de interpretarse de esta guisa: ínclitos intelectuales con cargo al presupuesto del Estado franquista, conscientes de que aquello no les gustaba nada, se lo decían al espejo todas las mañanas de afeitado y a sus amigos íntimos a partir de una considerable dosis etílica.

Si les llamaban para apoyar lo que se le ocurría al Caudillo, lo hacían con resignación, porque ellos eran resistentes, pero silenciosos, discretos, domésticos.

En público, taciturnas prostitutas; en privado, dolientes doncellas. Sus herederos son los creadores de esta audaz tesis que los coloca en el plantel del Heroísmo y la Gloria democrática. La matriz de este embeleco la creó un catedrático de Zaragoza, José Carlos Mainer, sin el cual no es fácil conseguir plaza universitaria en su especialidad por todo el territorio.

Ahora le toca a la transición democrática. Perfecta en su ejecución, modelo de liderazgos patrióticos por su entrega a los intereses superiores del Estado por encima de las bajas pasiones de partido… Abnegación, fidelidad, honradez, sentido del deber… Me faltan metáforas porque se me estrangulan las meninges de puro descojono. ¿O sea que vamos a explicar una cosa tal-que-así a las nuevas generaciones? ¿Y quedará en los libros de texto, si para entonces hay libros de texto, donde podremos leer ya jubilados y en el asilo de inútiles irrecuperables, que de seguro será el nuestro, podremos leerlo, digo, con el orgullo de haber presenciado tal prodigio histórico?

La transición en España de la dictadura a la democracia no es un modelo de nada como no sea de la perplejidad ante un proceso tan improvisado, a salto de mata, donde pocas cosas salieron conforme a lo previsto, pero que al fin se sortearon en chapuzas de última hora con efectos secundarios irrecuperables. ¿O acaso creen que el actual estado de crispación generado por la derecha, irredenta y bocazas, con la colaboración nada abnegada de los nuevos jabalíes, supuestamente republicanos, a quienes la palabra transición les suena a música de zarzuela, no es una secuela que dejó sin resolver el modelo de transición tan alabado? ¿Y lo que significó el terrorismo de ETA hasta el límite de lo soportable? ¿Y los conciliábulos de dos eminentes teóricos del Derecho, como Abril Martorell y Alfonso Guerra, de donde salió la vertebración constitucional que conocemos? ¿Y la insatisfacción histórica de Catalunya y el País Vasco por su desfase con el resto de España en su lucha por las libertades, que se saldó dando un triple salto mortal autonómico, sin red, del que podemos salir descalabrados? Por eso mismo no cabe otra cosa que exhibir una sarcástica sonrisa cuando las gentes procedentes de las derechas más católicas, identidad que hoy no admitirían de ningún grado pero absolutamente precisa, ahora un tanto desorientados por el centro – el centro es conservador siempre, por más que estas gentes sobradas en años y renuncias se pretendan inveterados socialdemócratas-, esas gentes, digo, hablan y se deshacen en elogios al espíritu de la transición.

Esto es un artículo de diario y no un ensayo, y para no cansar al personal has de acometer una simplificación visual, algo así como el recordatorio a bote pronto de lo que me evoca a mí la transición espiritual que estos sesudos caballeros han canonizado. Cuando Manuel Fraga Iribarne, ministro de la Gobernación del gabinete de aquella bestia llorona que fue Carlos Arias Navarro, se entrevista clandestinamente el 30 de abril de 1976 con la dirección del ilegal PSOE, en la casa de Miguel Boyer, cena incluida, en presencia de Felipe González y Gómez Llorente, el ministro les deja clarito que la reforma que se inicia, y que Fraga asume, tiene tres temas intocables: la Monarquía, la unidad de España y las Fuerzas Armadas. Exactamente lo que ocurriría meses más tarde con Adolfo Suárez como presidente. Por tanto, podríamos resumir que la transición es la adaptación de la izquierda a la derrota de sus ilusiones y objetivos que cuestionaban en primer lugar esos tres tabúes. Y no digo que esa corrección no fuera pertinente, incluso inevitable por ser la única posible, pero no podemos correr un estúpido velo para hacer nuestra la frase más querida de los megalómanos del mundo político (y no político), según la cual, ellos no se arrepienten de nada. Confieso que yo me arrepiento de casi todo lo que he hecho en mi vida, aunque sólo sea por una cuestión de experiencia; ahora, que sé más, lo haría de otra manera.

La leyenda recién inventada es que Adolfo Suárez fue tan bueno y tan sincero y tan liberal y tan comprensivo que hay quien aspira a canonizarle, y muy especialmente después de la mala racha de los últimos años y de su actual estado de postración. Yo, que tengo el dudoso privilegio de ser el único biógrafo del presidente Suárez durante la cima de su éxito – digo lo de dudoso porque me dieron tantas hostias que aún no se me olvida ninguno de los finos estilistas que primero me lapidaron a mí y luego a él, y que hoy escurren el bulto hablando del espíritu perdido de la transición-, puedo decir que el estado de libertad de prensa que se abrió durante el periodo suarista que va del verano de 1976 a su defenestración en enero de 1981 fue muy limitado. La presión sobre los diarios y revistas en los que yo participé fue total, y hablo de la mía porque nadie me la puede contestar. Los acomodos de El País, las vergüenzas de Diario 16, los denuestos del ABC, que nos insultaba con los epítetos más contundentes, como una Cope cualquiera. Y qué decir de la mejor televisión de España, la TVE y sus dos canales, los únicos que existían y donde ejercían de maestros unos tipos de cuya trayectoria infumable podría dar fe.

¿El liberalismo de la transición en el periodo de Adolfo Suárez en presidencia? Baste decir que la presión sobre Planeta, que editó en 1979 la biografía de Adolfo Suárez, Historia de una ambición,fue tal que llegaron a acuerdos sobre publicidad que la editorial cumplió escrupulosamente y que no eran precisamente en beneficio ni del libro ni del autor, y lo digo sin ningún resentimiento porque Planeta hizo lo que ningún otro tuvo el valor de hacer. Todavía me acuerdo del tan llorado Mario Lacruz explicándome la importancia del libro y la imposibilidad de que él pudiera editarlo. Nadie osaba una cosa tan nimia como una biografía crítica de un presidente del Gobierno. El Corte Inglés prohibió que el libro se presentara en sus centros y la visita de promoción a Galicia, donde tenían mayoría absoluta las gentes del supuesto centrismo, consiguieron que entrara por Lugo y saliera por Ourense sin que nadie, lo que se dice nadie, de prensa, televisión o radio, admitiera una entrevista, y que la presentación en A Coruña consiguiera ni una sola persona.

Por si fuera poca la tergiversación histórica, a este hombre contradictorio y audaz que fue Suárez no lo liquidó la izquierda, sino una conspiración en su partido de carácter reaccionario, encabezada por Miquel Herrero de Miñón, hoy valorado como el más comprensivo de los adulones jurídicos del nacionalismo vasco y catalán.

¿Quieren que añada lo que fue el 23-F? ¿Lo que significó ese golpe de Estado a medias exitoso y a medias fallido? Por lo pronto consolidó como inevitable e incuestionable lo mismo que el ministro Fraga Iribarne había contado a los chicos del PSOE sobre los tres pilares inviolables. Pero lo más terrible, lo que tiene de demoledor el 23-F, auténtico cráter inexplorado de la transición democrática, es que frente a los golpistas no hubo en España una reacción de oposición activa que neutralizara la marcha de los carros de combate. La democracia, el 23 de febrero de 1981, estaba a merced de un duelo en el que la población española ejercía de acojonada espectadora. Un conflicto entre los golpistas impunes, el monarca y una democracia secuestrada por la que nadie estaba dispuesto a arriesgar la vida. Desde el siglo XIX, en el que empieza la historia civil de España, nunca una democracia estuvo tan al margen de la reacción popular, de donde cabría deducir que el supuesto espíritu de la transición resulta una metáfora; como la paloma o la llamita que simbolizan al Espíritu Santo y que sólo atisban los creyentes privilegiados.

De Arcadi en su blog

December 2, 2005 by coronelito

El ministro de Justicia presentando excusas a los inculpados, la fiscalía pidiendo perdón a esos mismos acusados de pederastia, los abogados defensores renunciando a intervenir… todos esos elementos se han dado al final del mayor escándalo judicial tras la guerra. Todo empezó en febrero del 2001, con la detención de un matrimonio acusado de violar a sus hijos menores de edad. El caso lo lleva un juez instructor debutante y se dio en el contexto agitado de la acusación del belga Dutroux, pederasta y asesino. A partir de las declaraciones de los dos detenidos y de sus hijos, el juez procede a más y más detenciones, hasta un total de 17 personas, todas ellas acusadas de corromper menores y abusar sexualemente de ellos. Casi cinco años después sólo cuatro de los detenidos se han revelado culpables realmente. El resto de los implicados ha visto su familia destruida, ha perdido trabajo y reputación, les han separado de sus hijos. Uno de ellos se ha suicidado en la cárcel y varios han pasado más de tres años entre rejas. Son inocentes. El juez y con él los jueces que decretaron la cárcel provisional a partir del testimonio manipulado de niños de entre dos y seis años, los expertos en psicología infantil que llenaron la cabeza de esos niños de fantasmas sexuales, una policía judicial incapaz, toda la maquinaria judicial sale ridiculizada y desacreditada del caso. El ministro de Justicia ha anunciado una triple investigación administrativa, una reforma de los métodos de instrucción de los sumarios y la posibilidad de sancionar los “errores de apreciaciónâ€? de los magistrados. Los inocentes acusados por error recibirán reparación financiera. Uno de ellos ha dicho que “el ministro y la Fiscalía piden perdón. Ellos están arriba y pueden hacerlo. Yo no puedo perdonar a nadieâ€?.

Definiciones

December 2, 2005 by coronelito
JUAN JOSÉ MILL�S
EL PA�S   02-12-2005

La Cumbre Euromediterránea de Barcelona concluyó con una condena sin paliativos al terrorismo. El problema es que sus participantes no se pusieron de acuerdo sobre el significado del término. Tampoco es que se movieran en una ignorancia absoluta. Todo el mundo sabe, por ejemplo, que secuestrar un avión y lanzarlo contra un edificio habitado es un ejercicio de terrorismo (y de los más salvajes, para decirlo todo). Hay cosas, en fin, que saltan a la vista. El problema es cuando desciendes a los matices. ¿Es terrorismo, por ejemplo, invadir un país bajo la coartada de que representa una amenaza que luego se demuestra falsa? ¿Es terrorismo emplear armas de destrucción masiva, como el napalm o alguna o sus numerosas variantes, contra la población civil de una localidad del país indebidamente atacado? ¿Se podría calificar de terrorista, pongamos por caso, la entrada en Faluya? ¿Es terrorismo secuestrar a personas y recluirlas en limbos legales como Guantánamo? ¿Es terrorismo la tortura? ¿Son terroristas las cárceles secretas denunciadas por la prensa norteamericana? ¿Es terrorismo resistirse a la invasión de una potencia extranjera? ¿De qué hablamos cuando hablamos de terrorismo?

A la Cumbre Euromediterránea de Barcelona no fueron invitados (al menos que uno sepa) académicos, ni lingüistas ni filósofos. Estos profesionales habrían ofrecido con mucho gusto a los políticos una buena definición de terrorismo. “Pero es que nosotros necesitamos una definición a la carta, es decir, una definición que no nos incluya”. Si a Al Capone le hubieran pedido una definición de gánster, habría solicitado lo mismo. Es muy humano.

Y ahí está el problema. La definición de gallina incluye a todas las gallinas, y la de mesa, a todas las mesas, y la de hombre, a todos los hombres. La de terrorismo, inevitablemente, incluiría todos los terrorismos. La definición es un invento diabólico, porque explica el significado de las palabras con la exactitud con la que un cronómetro divide en 60 partes un segundo. La definición es un arma de destrucción masiva de la mentira, del engaño. Hay una solución, y es calificar de terrorista la definición de terrorista. Todo se andará.

La revuelta de los superfluos

November 27, 2005 by coronelito

ULRICH BECK

 

EL PAÃ?S 27-11-2005
Las lentes conceptuales para comprender la nación están cambiando. No basta con limitarse a Francia para localizar las causas de la quema de los suburbios franceses, ni sirven los conceptos en principio incuestionables de “desempleo”, “pobreza” y “jóvenes inmigrantes”. De hecho, se está produciendo un nuevo tipo de conflicto del siglo XXI. La pregunta clave es la siguiente: ¿qué ocurre con los que quedan excluidos del maravilloso nuevo mundo de la globalización?

La globalización económica ha llevado a una división del planeta que ha quebrado las fronteras nacionales, con lo que han aparecido centros muy industrializados de crecimiento acelerado al lado de desiertos improductivos, y éstos no están sólo “ahí fuera” en Ã?frica, sino también en Nueva York, París, Roma, Madrid y Berlín. Ã?frica está en todas partes. Se ha convertido en un símbolo de la exclusión. Hay un Ã?frica real y muchas otras metafóricas en Asia y en Suramérica, pero también en las metrópolis europeas donde las desigualdades del planeta en su tendencia globalizada y local van dejando su impronta tan particular. Y las definiciones de “pobre” y “rico”, que parecían eternas, se están transformando.

Los ricos de antes necesitaban a los pobres para convertirse en ricos. Los nuevos ricos de la globalización ya no necesitan a los pobres. Por eso los jóvenes franceses son inmigrantes africanos y árabes que soportan, además de la pobreza y del desempleo, una vida sin horizontes en los suburbios de las grandes metrópolis. Porque las nociones de “pobreza” y de “desempleo”, tal como nosotros las entendemos, proceden de las tensiones de poder de la sociedad de clases propia de un Estado nacional. Es de suponer que, para grupos cada vez más extensos de la población a lo ancho del planeta, es cada vez menos válido que la pobreza es una consecuencia de la explotación y que en este sentido ésta sea útil -la pobreza de unos crea la riqueza de otros-. Esta premisa histórica se ha roto.

A la sombra de la globalización económica, cada vez más personas se encuentran en una situación de desesperación sin salida cuya característica principal es -y esto corta la respiración- que sencillamente ya no son necesarios. Ya no forman un “ejército en la reserva” (tal como los denominaba Marx) que presiona sobre el precio de la fuerza de trabajo humano. La economía también crece sin su contribución. Los gobernantes también son elegidos sin sus votos. Los jóvenes “superfluos” son ciudadanos sobre el papel, pero en realidad son no-ciudadanos y por ello una acusación viviente a todos los demás. También quedan fuera del mundo de las reivindicaciones de los trabajadores. ¿Qué son para la sociedad? “¡Un factor de gastos!”. La “poca utilidad” que les queda es que se mueven por el odio y una violencia sin sentido; al final incluso provocan destrozos, y con este drama real que asusta a los ciudadanos ofrecen a los movimientos y políticos de derechas la posibilidad de destacarse.

En Alemania, pero también en muchos otros países, se cree de manera realmente obsesiva que hay que buscar las causas que llevan a los jóvenes inmigrantes alborotadores a la violencia en las tradiciones culturales de origen de estos inmigrantes y en su religión. Los estudios empíricos sobre esta cuestión, realizados por excelentes sociólogos, demuestran lo contrario: no se trata de los inmigrantes que no se han integrado, sino de los que sí lo han hecho. Mejor dicho: hay una contradicción entre la asimilación cultural y la marginación social de estos jóvenes, que alimenta su odio y su predisposición a la violencia. Pues no se trata precisamente de inmigrantes anclados en su cultura de origen, sino de jóvenes con pasaporte francés, que hablan perfectamente el francés y que han pasado por el sistema escolar francés, pero a los que, al mismo tiempo, la sociedad francesa de la igualdad los ha marginado en auténticos guetos “superfluos” en la periferia de las grandes ciudades. Los deseos y las opiniones de estos jóvenes asimilados cuyos padres eran inmigrantes, apenas se distinguen de los de los grupos de la misma edad de sus países de origen. Al contrario: están bastante cerca de ellos, y precisamente por ello se aprecia el racismo que hay en la marginación de estos grupos de jóvenes heterogéneos tan terriblemente agrios y, por lo demás, tan escandalosos.

Se puede formular con una paradoja: una escasa integración de la generación de los padres desactiva los problemas y los conflictos, y una buena integración de la generación de los hijos los agrava. Los padres de los jóvenes alborotadores, que emigraron del norte de Ã?frica y que siguen vinculados a su lugar de origen, compensan su integración escasa y la discriminación abierta con el ascenso social que, a pesar de todo, han vivido. Aceptan su condición de marginados mejor que sus hijos, quienes han perdido el contacto con el lugar de origen africano, y ahora, heridos en su dignidad de franceses, están creando su propio folclore con una “Intifada francesa”. Esto explica que los jóvenes actores de la revuelta de los suburbios se refieran a su situación en términos de dignidad, derechos humanos y marginación. Pero de manera sorprendente no se refieren en absoluto al trabajo, aunque no tengan.

Las élites de la economía y de la política no desisten de la idea de pleno empleo. Por consiguiente, les afecta un extraño daltonismo que les impide medir la dimensión de la desesperación que se extiende en los guetos superfluos, los cuales se ven aislados de una vida segura y ordenada mediante un trabajo remunerado. Tanto los partidos de la izquierda como los de la derecha, los nuevos y los viejos socialdemócratas, los neoliberales y los nostálgicos del Estado social no quieren admitir que en un contexto de aumento del desempleo hace tiempo que el trabajo ha pasado de ser un “gran integrador” a convertirse en un mecanismo de marginación. Evidentemente, es falso afirmar que no hay suficiente para todo el mundo, pero el trabajo que antaño creaba seguridades que se consideraban adquiridas dis-minuye rápidamente, incluso detrás de la fachada del pleno empleo. Por todas partes hay nuevas formas de desempleo oculto. Algunos lo llaman ‘1euro job’; otros, ‘formación’, y aun otros, ‘hacerse autónomo’.

La verdadera miseria se manifiesta en el último eslabón de la jerarquía de la formación: los trabajos para jóvenes con un título educativo de bajo nivel o sin título alguno se convierten en trabajos automatizados o se ponen a salvo en países con sueldos más bajos. Por eso, en toda Europa la escuela primaria amenaza con convertirse en el muro del gueto, tras el que los grupos con un estatus más bajo quedan atrapados en el desempleo permanente y la ayuda social. La formación, que de manera previsible acaba siendo “superflua”, se convierte en foco de “violencia molecular” (Enzensberger) que ya sólo persigue complacerse a sí misma. Pero la política y la economía, influenciadas por la ortodoxia del pleno empleo, se olvidan de la pregunta clave: ¿cómo pueden las personas llevar una vida razonable si no encuentran un empleo?

La intranquilidad que en toda Europa han causado las llamas nocturnas de París se traduce en la siguiente inquietud: ¿tenemos que contar con que a partir de ahora, además del peligro de atentados terroristas, existirá el peligro de incendios intencionados y que ello se convertirá en una constante de la vida cotidiana y del debate político? Nadie puede hoy responder a ello. Pero puede tener sentido contrastarlo con la historia relativamente exitosa de Alemania. Aunque en la monotonía del malestar alemán el multiculturalismo se haya dado mil veces por muerto, existe en Alemania una extensa clase media turco-alemana que crea puestos de trabajo. Aquí el título escolar tampoco facilita ningún trabajo. Pero los jóvenes que se ven afectados no son de color, no viven apretujados en pisos lóbregos y son heterogéneos: hijos de expatriados, turcos que se han criado en Alemania y jóvenes alemanes sin trabajo cuya rabia se concentra contra todo lo “extranjero” (también contra los hijos de expatriados y de turcos alemanes).

Por eso mismo no hay que cambiar las soluciones políticas -quizá habría que introducir la “discriminación positiva”, así como la contratación selectiva de profesores, policías, trabajadores sociales conocedores de la inmigración-, porque en el fondo se trata de un conflicto de reconocimiento cultural. Los conflictos de reconocimiento son juegos de sumas positivas en los que todos pueden salir ganando, distinto de los conflictos de reparto material, en el que uno sale ganando cuando el otro pierde. Pero esto supone un cambio automático de la propia imagen de la sociedad mayoritaria.

Ocurre lo contrario: que el racismo inocente de los falsos conceptos es tan evidente que nadie se da cuenta de él. Se habla de inmigrantes, pero nos olvidamos de que son franceses. Se pone en el punto de mira al islam, pero se ignora que a muchos de los incendiarios les importa un bledo la religión. Se evoca la importancia del origen y no se quiere admitir que las llamas surgen del haber nacido aquí, de la exitosa asimilación y precisamente de la Égalité que han interiorizado.

Se trata de una sublevación airada típicamente francesa contra la dignidad herida de los superfluos y a favor del derecho a ser iguales y diferentes. Lo mínimo para reconocerles sería que la superficie incendiada del odio que amenaza con declararse en todo el mundo no se minimizara rebajándola a la categoría de zombi. Pero esto ya parece que es pedir demasiado.

Ulrich Beck es profesor de Sociología en la Universidad de Múnich. Traducción de M. Sampons.

Traigan a Mr. Bean a la escuela

November 25, 2005 by coronelito

SOLEDAD GALLEGO-DÃ?AZ

 

EL PAÃ?S 25-11-2005

Criticar a alguien por su raza es manifiestamente irracional, pero criticar su religión es perfectamente lícito. La religión es una idea e igual que se pueden ridiculizar y criticar las ideas políticas o estéticas de cualquier persona también se pueden criticar y ridiculizar sus ideas religiosas. Ésta fue la línea de argumentación del actor británico Rowan Atkinson (Mr. Bean) cuando compareció, a finales del pasado mes de octubre, ante la Cámara de los Lores británica para pedirles que votaran en contra de un proyecto de ley, aprobado ya en la Cámara de los Comunes, que penalizaba tanto la incitación al odio racial como la “incitación al odio religioso”. Los lores terminaron rechazando la ley por una amplia mayoría de 260 votos contra 111 y devolvieron el texto al Gobierno de Tony Blair para su nuevo estudio y modificación.

La discusión que planteó y alentó Mr. Atkinson por todos los medios a su alcance fue muy interesante. Odio puede significar desear el mal a alguien, algo, sin duda, rechazable, pero también una aversión, rechazo o antipatía extrema hacia algo. ¿Qué tiene de malo sentir rechazo o antipatía por una religión, especialmente si las enseñanzas de esa religión son irracionales o abusivas respecto a los derechos humanos?, se preguntaba el actor. Uno no puede elegir su raza, pero sí las ideas que defiende y no basta creer en ellas muy sinceramente para quedar por eso protegido contra la crítica o, incluso, contra la burla. Lo que pueden exigir las personas religiosas o los representantes de las religiones es respeto a su propia libertad de expresión, algo que no se atribuye a grupos, mayorías o minorías, sino simplemente a cada uno de los individuos. Para demostrar que no se persigue a la Iglesia católica o al islam no hace falta blindarlos contra la aversión que pueden producir algunas de sus enseñanzas; basta con respetar el derecho a la libre expresión de cada uno de los católicos o de cada uno de los musulmanes, defendía Atkinson. La verdad es que ahora que se discute tanto en España sobre la exigencia de la jerarquía católica de que la enseñanza de la religión en las escuelas financiadas por el Estado (públicas o concertadas) sea computable a la hora de establecer los currículos escolares, sería la ocasión perfecta para plantear simultáneamente la importancia de enseñar también a los jóvenes el espíritu de la crítica de las ideas, incluidas las religiosas. Puesto que son ellos quienes han reabierto una polémica que estaba adormecida, ¿no sería fantástico aprovechar la ocasión y traer a Mr. Bean al Congreso y a todas las escuelas españolas? Entre nosotros, y a falta de un payaso tan magnífico, quizás se podía pensar en promover ante la Comisión de Educación del Congreso una serie de comparecencias como las que solicitaron en su día los extravagantes y sorprendentes lores. Así, por lo menos, tendríamos ocasión de oír a quienes piensan que las creencias religiosas deben ser tratadas como cualesquiera otras. Igual que en las escuelas no se debe hacer proselitismo de izquierda o de derecha, (ni, esperemos, proselitismo nacionalista) ni se permite a los partidos políticos enviar a sus representantes para exponer ante los jóvenes o adolescentes las bondades de sus doctrinas, así tampoco debería permitirse el proselitismo religioso. En eso, como en ser de izquierda o de derecha, del Real Madrid o del Barcelona, lo lógico es que tengan más influencia el hogar y los amigos. Y a la espera de que los planes de estudio incluyan la ansiada formación del espíritu crítico (¿quizás una enseñanza de las que se llaman ahora transversal, es decir que atraviese por igual todas las asignaturas?), sólo queda lamentarse, como aquel joven cooperante que veía morir de sida a decenas de jóvenes africanos de ambos sexos, mientras que en el Vaticano se seguía denostando el uso del condón. (Según los últimos datos de Onusida, 570.000 niños morirán este año por culpa de una infección que se transmite básicamente por vía sexual). Decía aquel joven: “Lástima que no exista el infierno”.